Inicio Historia de DurangoLeyendas de Durango El Curro del Puente Negro (Leyendas de Durango)

El Curro del Puente Negro (Leyendas de Durango)

por Durango Oficial Redaccion

A fines del siglo XIX vivió en la ciudad de Durango una familia de apellido Hernández que tenían su residencia por el barrio de Tepeyac, cerca de lo que fue el mesón de san Pablo. La huerta de la casa se extendía hasta la Acequia Grande, limitando con la vía del Ferrocarril de la Sierra.

La familia era numerosa y una de las hijas se llamaba concepción a la que por estimación le decían Conchita.

Agustín; hijo de la ama de llaves de la casa del Sr. Hernández era más o menos de la edad de Conchita quienes se pasaron la infancia jugando junto en la huerta. Así crecieron los dos chiquillos y aunque se veían a veces como hermanos, la sirvienta, madre del pequeño siempre tuvo cuidado de infundir respeto del chico hacia la niña, haciéndole notar la diferencia social que a ambos separaba.

Pasó la infancia y vino la adolescencia convirtiéndose la niña en señorita; alta, de cuerpo esbelto, ojos verdes, color moreno claro y pelo castaño.

Por otra parte Agustín, ya con categoría de sirviente con sueldo fijo, era un joven moreno, alto, de ojos cafés y pelo negro ondulado. Su aspecto agradable y varonil, cautivaba la mirada de las muchachas de su edad.

Aunque la antigua ama de llaves de la casa, machacaba con frecuencia en el muchacho el respeto que éste debía de tributar a los amos. La convivencia y la edad hicieron renacer entre Conchita Y Agustín un amor que cada día crecía y el varón no se animaba a declarar a Concepción.

Una tarde de verano cuando el muchacho trabajaba afanosamente en las actividades agrícolas de la huerta, la muchacha, se acercó a él y obsequiandole una rosa roja, le dijo:

-Agustín, estoy enamorada de tí.

-¿tu no me amas?

La declaración inesperada dejó perplejo al muchacho, que de pronto no halló qué hacer, contempla la flor y contemplaba a conchita, sin atreverse a dar respuesta alguna. Recordó las recomendaciones de su madre, la austeridad del Sr. Hernández
al amo, reflexionó sobre su condición de peón en esa casa y todo lo hacia enmudecer. Por fin, las miradas tiernas de la muchacha y la pasión que por ella sentía, lo hicieron olvidar todo y contemplando a su alrededor para cerciorarse que nadie lo miraba, como única respuesta abrazó a la amada y le plantó un beso ardiente en la boca, entregándole su corazón entero. Los dos se juraron amor eterno, con la recomendación de conservar el idilio en el más estricto secreto.

Todos los días se veían en diferente lugar, haciendo crecer un amor que los tenía obsesionados.

Por fin, una tarde dice Agustín a su enamorada:

-Nuestro amor no puede seguir así.

-Tú eres rica, y o soy pobre. Ni tus padres ni mi madre aprobarán este noviazgo cuando, lo descubran.

-yo me voy a encontrar la forma de hacerme rico para venir a casarme contigo.

-Júrame que me esperarás y no te casarás con nadie.

-Tu serás mía, solamente mía.

La muchacha se quedo callada largo rato. lloraba en silencio. Buscaba solución al dilema y al advertir que no había otra alternativa contestó:

-Te juro por Dios que me está escuchando que te esperaré.

Los dos empaparon su rostro con sus lágrimas, se besaron desesperadamente y abrazándose muy fuerte, se despidieron.

Agustín no amaneció en la casa, a nadie le dijo a dónde iba. Su madre cayó en cama por la desaparición de su hijo. El patrón aviso a la policía ofreciéndole crecida recompensa por la localización del joven. Todo fue inútil no se pudo localizar al muchacho en ninguna parte.

El perdido todo lo tenía premeditado, sabia que en ese tiempo no había otra manera de hacerse rico en corto tiempo que asaltando diligencias y conductos de plata. Había oído hablar de Ignacio Parra, famoso salteador de caminos en la época y salió en su busca. Caminaba de noche y se ocultaba de día. Por fin llegó a la sierra de la silla, una de las guaridas del bandolero y después de muchos días de hacer vida salvaje alimentándose nada más de raíces y frutos silvestres se realizó el feliz encuentro. Contó a Parra su problema de principio fin y después d someterlo a duras pruebas donde probo su lealtad y propósito, causó alta en la gavilla.

El amor que sentía por Conchita, razón que lo había llevado a esa vida y su deseo de casarse pronto con ella, lo hacía cometer las proesas más temeraria.

Cuando se trataba de asaltar diligencias era el primero en saltar al carruaje y apoderarse de las riendas del tiro de caballos. Cuando eso sucedía que era lo mas difícil, el asalto estaba ganado.

Cuando de asaltar conductas se tratataba, siempre iba adelante desafiando los balazos de quienes custodiaban el cargamento, hasta apoderarse de las mulas cargadas con barras de plata.

Mientras Agustín andaba asaltando diligencias y conductas, una noche se presentó el señor Hernández en la casa acompañado de varias personas, entre las que iba un señor Curbelo y después de ofrecerles unas copas de fino coñac a los vicitantes pasaron al comedor, donde la familia en pleno esperaba para cenar.

Cuando la cena fue servida por los mozos, el Sr. Hernández dirigiéndose a los comensales y en especial a Concepción dijo:

-Concepción, he decidido que tú te unas en matrimonio al señor Curbelo, por eso vino él a conocerte; la boda se efectuará el próximo domingo. Así que estás avisada.

Todos aplaudieron, menos la comprometida que hacia enormes esfuerzos por contener las lágrimas.

La boda fue todo un acontecimiento social de la época y Conchita en contra de su voluntad, quedó unida en matrimonio rompiendo el juramento que una tarde había hecho a su verdadero enamorado.

Esto sucedía en Durango, al mismo tiempo que en la región de Canatlán, Ignacio Parra caía acribillado por las balas, en un encuentro que tuvo con la Acordada.

La confusión del encuentro y la muerte del jefe, la aprovecho Agustín para desertar de la gavilla y trasladarse a la ciudad, cargado de monedas de oro y barras de plata para cumplir su compromiso.

Al llegar, lo primero que hizo fue adquirir una suntuosa residencia en el centro de la ciudad. La equipo con los muebles más caros que pudo conseguir y después de surtir su guarda ropa con trajes de moda, vistió elegantemente y se dispuso a localizar a Conchita.

Antes de identificarse con la familia Hernández, supo que su madre había muerto y que su amada, se había casado con el señor Curbelo y seguían viviendo en la misma casa.

La felicidad nunca se completa, él era un potentado; el dinero le había dado con largueza todo lo que en lo material pueda desear un hombre, pero le faltaba el amor de la mujer de su sueño, principio y fin de su lucha para romper la capilaridad social y colocarse como señor de sociedad.

Fue tan grande el impacto de su decepción amorosa, que la angustia y la melancolía dominó su ser de todo a todo.

Les ordenó a sus sirvientes que no lo molestaran y permanecía en su alcoba encerado todo el día. Al anochecer vestía elegantemente , siempre de negro, tomaba su bastón y su bombín y salia a deambular por la ciudad. Su paseo rutinario era la vía del ferrocarril de la sierra hasta el fuente negro. Por ese tiempo era zona de la ciudad deshabitada lo cual al principio causó rareza. Después a fuerza de verlo todas las noches, los que lo miraban se familiarizaron con su frecuencia y simplemente lo llamaron “El Curro del puente negro”.

Pasaron los años y los paseos nocturnos de aquel personaje que no hablaba con nadie se hicieron comunes y al mismo tiempo que misteriosos.

Poco tiempo antes del estallido de la revolución, cuando el público de todo el país se asombraba con la presencia del cometa Halley, una mañana el vecindario se alarmó y la ciudad se conmovió al encontrar bajo el puente ya mencionado los cadáveres del Curro, el señor Curbelo y Concepción Hernández. Nunca se supo quién mato a quien. Mucho se especuló sobre la existencia de un triángulo amoroso, presentando como triple omicidio a Curbelo. Otros decían que el aSecino y el suicida había sido el Curro.

La realidad es que todo quedo en el misterio y los vecinos del lugar, aseguran ver en ocasiones, al Curro del puente negro, dando sus paseos nocturnos.

Transcrito por: Victor Palencia

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