El origen de los matachines: una tradición que Durango hizo suya
En Durango, las celebraciones guadalupanas tienen un sonido reconocible: el golpe del tambor, las sonajas y las pisadas de los matachines. Sus danzas acompañan peregrinaciones y fiestas religiosas, pero también cuentan historias de familias, barrios y comunidades que han conservado esta tradición durante generaciones.
Detrás de los vestuarios y las coreografías hay una historia más amplia que la de un solo origen. Los matachines forman parte de una tradición extendida por el norte de México que, en territorio duranguense, adquirió distintas expresiones.

¿De dónde vienen los matachines?
El Instituto Nacional de Antropología e Historia identifica antecedentes de esta danza en los carnavales europeos del siglo XV y señala que los misioneros pudieron introducirla en México durante la evangelización. Con el tiempo, las comunidades la incorporaron a su vida religiosa y le dieron características propias. Mediateca INAH.
Por eso, explicar a todos los matachines únicamente como una representación de moros y cristianos deja fuera buena parte de su historia. Para comprender la tradición en Durango hay que conocer también a quienes la practican: sus devociones, sus formas de organización y los conocimientos que transmiten.
La investigación de Juan Pablo Cisneros Martínez sobre las danzas de matachines del estado destaca precisamente esa relación entre fe, comunidad y música. El tambor y la sonaja marcan el ritmo de los pasos, mientras la participación de los danzantes sostiene una práctica social y religiosa que sigue formando parte de la vida duranguense. Repositorio de la UNICACH.

El Rebote: cien años de historia en un barrio de Durango
La danza del Rebote ofrece un ejemplo concreto de cómo una tradición puede echar raíces en un barrio. En 2023 celebró su centenario: de acuerdo con el reportaje de El Siglo de Durango, fue fundada en 1923 por Leonardo Hernández, quien llegó con su familia desde Las Nieves, Zacatecas, y ya conocía la danza.
Hernández invitó inicialmente a trabajadores del Cerro de Mercado. Después se sumaron vecinos del Rebote y de sus alrededores, hasta formar una agrupación que ha acompañado a varias generaciones de duranguenses.
Los testimonios recogidos durante su centenario hablan de personas que comenzaron a danzar desde pequeñas, de familias que han compartido esa responsabilidad y de participantes que llegaron para cumplir una manda y decidieron quedarse. En el Rebote, la historia de los matachines también es una historia de vínculos entre vecinos. El Siglo de Durango.

Una tradición con distintas expresiones en el estado
Los matachines duranguenses también forman parte de la vida ceremonial de las comunidades tepehuanas del sur. Sus celebraciones muestran que el calendario, la música y el vestuario pueden cambiar de una localidad a otra.
El investigador del INAH Antonio Reyes Valdez documenta que, en San Francisco de Lajas, los matachines comienzan a bailar el 24 de diciembre y participan en la fiesta de la Virgen de la Candelaria, el 2 de febrero. Sus atributos incluyen ropa blanca, sonaja, palma, un tocado de plumas y un pañuelo rojo que cubre el rostro. La danza se acompaña con guitarra y violín.
Allí, la experiencia también determina las responsabilidades: los participantes avanzan en las filas y algunos llegan a desempeñar el cargo de Viejo de la danza, conocido localmente como jauk. Este personaje tiene un papel ritual cuyo significado va más allá de divertir a los asistentes. Antonio Reyes Valdez, Artes de México.

La historia sigue en cada danza
No hay una fecha única documentada que explique la llegada de los matachines a todo Durango. Sí hay historias locales que permiten comprender cómo se ha mantenido la tradición: la de una familia que llevó sus conocimientos al Rebote, la de quienes aprenden los sones y los pasos, y la de las comunidades que organizan sus fiestas alrededor de compromisos compartidos.
Cada agrupación conserva una parte de esa memoria. Conocerla permite apreciar los matachines más allá de su vistosidad: como una expresión de la devoción y de la vida comunitaria de Durango.
