Parroquia de Santa Ana y la Sagrada Familia: historia viva en el corazón de Durango
Entre las antiguas calles del Centro Histórico de Durango se encuentra un templo cuyas paredes de cantera han sido testigos de casi tres siglos de historia: la Parroquia de Santa Ana y la Sagrada Familia, conocida popularmente por los duranguenses simplemente como el Templo de Santa Ana.
Su elegante arquitectura barroca, su peculiar fachada lateral y las huellas que distintos episodios militares dejaron sobre su torre hacen de Santa Ana mucho más que un recinto religioso. Es también una pieza del patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad y uno de esos lugares que vale la pena observar con detenimiento al recorrer el centro de Durango.
Uno de los templos más antiguos de Durango
Los orígenes del Templo de Santa Ana se remontan a la primera mitad del siglo XVIII. La construcción de una sencilla capilla comenzó alrededor de 1723 y concluyó hacia 1734, cuando esta zona todavía se encontraba prácticamente en las afueras de la ciudad.
Con el paso de las décadas, aquella primera capilla resultó insuficiente para las aspiraciones del proyecto. Durante el episcopado de Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, entre 1749 y 1754, los trabajos continuaron con el apoyo del canónigo Bernardo Joaquín de Mata, ampliándose la edificación para darle mayor presencia y suntuosidad.
El templo volvió a atravesar diferentes etapas constructivas. Hacia finales del siglo XVIII fue ampliado y posteriormente recibió intervenciones y restauraciones durante el siglo XIX y principios del XX, hasta adquirir buena parte de la apariencia con la que ha llegado a nuestros días.
La historia de las monjas capuchinas
Una de las historias más interesantes alrededor de Santa Ana es su relación con las monjas capuchinas. Tradicionalmente se ha señalado que el templo estuvo destinado a esta comunidad religiosa, algo que ayuda a explicar uno de los elementos más particulares de su arquitectura: sus portadas laterales.
La tradición histórica de Durango también habla de la intención de establecer junto al templo un convento de capuchinas y de una benefactora que habría destinado su fortuna para hacerlo posible. Sin embargo, alrededor de este supuesto convento existen todavía interrogantes históricos, pues no se conservan evidencias materiales suficientes que permitan reconstruir con certeza toda su historia.
Esta mezcla de documentos, tradición oral e incógnitas forma parte del atractivo histórico que rodea al antiguo templo.
Una fachada diferente a la de otros templos
Uno de los primeros detalles que llaman la atención al observar Santa Ana es que su composición arquitectónica no responde exactamente a la imagen tradicional de una iglesia con una gran entrada frontal.
Sus portadas se encuentran en uno de los costados de la nave, una disposición relacionada con la arquitectura de los llamados templos de monjas. Las dos entradas están enmarcadas por cantera y presentan una ornamentación de barroco sobrio, con columnas adosadas, esculturas y remates decorativos con roleos.
En la parte superior de la fachada pueden observarse además tres escudos episcopales vinculados con los obispos que participaron en distintas etapas de la historia y construcción del templo.
El historiador y crítico de arte mexicano Francisco de la Maza, quien estudió ampliamente la arquitectura de Durango, destacó precisamente el barroco moderado de sus portadas y la influencia que las torres de la Catedral de Durango ejercieron sobre su esbelta torre.
Una torre que también fue fortín
Pero quizá el detalle más fascinante de Santa Ana no se encuentra en un libro de historia, sino directamente sobre su cantera.
Por su ubicación y por la altura de su campanario, el templo se convirtió en un punto estratégico durante diferentes conflictos armados ocurridos en Durango. Desde su torre era posible dominar visualmente una parte importante de la ciudad, por lo que llegó a ser utilizada como posición defensiva.
Santa Ana estuvo relacionada con episodios militares ocurridos en 1821, durante los acontecimientos que acompañaron la consumación de la Independencia; en 1858, durante la Guerra de Reforma; y nuevamente en 1913, cuando las fuerzas revolucionarias tomaron la ciudad de Durango.
Las cicatrices de la historia todavía pueden verse
Quien visite el templo y observe cuidadosamente su torre podrá descubrir un detalle que fácilmente pasa inadvertido: impactos de proyectiles que permanecen visibles en algunas de sus columnas de cantera.
Son las cicatrices dejadas por los enfrentamientos en los que el campanario fue utilizado como posición militar. Entre ellas se han identificado marcas atribuidas a impactos de cañón y disparos de fusil.
Más que imperfecciones en el edificio, estas huellas constituyen un extraordinario testimonio material de algunos de los periodos más turbulentos de la historia de Durango.
Así que cuando visites Santa Ana, vale la pena levantar la mirada hacia su torre: parte de la historia de la ciudad continúa escrita directamente sobre la piedra.
Del límite de la ciudad al corazón de Durango
Resulta difícil imaginarlo actualmente, pero cuando comenzó a construirse Santa Ana durante el siglo XVIII, este lugar se encontraba prácticamente fuera de la zona urbana de Durango.
La ciudad fue creciendo hasta envolver completamente al antiguo templo y al barrio que se desarrolló a su alrededor. Durante el siglo XIX incluso existió en sus inmediaciones un cementerio conocido popularmente como el “Panteón de los Ricos”.
Hoy la situación es completamente diferente. Santa Ana se encuentra integrada al Centro Histórico y forma parte del paisaje cotidiano de una de las zonas con mayor tradición de la capital duranguense.
Santa Ana, tradición y vida cotidiana
A pesar de su importancia histórica y arquitectónica, Santa Ana no es únicamente un monumento del pasado. Continúa siendo una parroquia activa y un importante punto de encuentro para la comunidad católica de Durango.
Su fiesta patronal se celebra cada 26 de julio, festividad de Santa Ana, una fecha especialmente significativa para la comunidad parroquial.
Para el visitante, creyente o no, entrar a Santa Ana ofrece además la oportunidad de conocer otra faceta del patrimonio de Durango: aquella en la que arquitectura, religión e historia se han desarrollado juntas durante generaciones.
¿Por qué visitar el Templo de Santa Ana?
Si estás recorriendo el Centro Histórico de Durango, Santa Ana merece una parada. No solamente por su antigüedad, sino porque reúne en un mismo edificio varios capítulos de la historia de la ciudad.
- Sus orígenes se remontan a la primera mitad del siglo XVIII.
- Es uno de los ejemplos más interesantes del barroco religioso de Durango.
- Posee las características portadas laterales asociadas a los antiguos templos de monjas.
- Su torre tuvo importancia estratégica durante distintos conflictos militares.
- Todavía conserva impactos de proyectiles como testimonio de aquellos enfrentamientos.
- Continúa funcionando como parroquia y forma parte de la vida cotidiana del Centro Histórico.
Santa Ana es uno de esos edificios que pueden pasar frente a nuestros ojos muchas veces sin que conozcamos todo lo que ocurrió detrás de sus muros. Una vez que se conoce su historia, resulta difícil volver a mirarlo de la misma manera.
Horarios de misa
Los horarios publicados actualmente en directorios especializados son:
Lunes a sábado:
8:00 h, 12:00 h, 19:00 h
Domingo:
8:00 h, 10:00 h, 11:00 h, 12:00 h, 13:00 h, 18:00 h, 19:00 h, 20:00 h
Los horarios pueden modificarse en días festivos, celebraciones especiales o por disposición de la parroquia. Se recomienda confirmarlos directamente antes de acudir.
Información y ubicación
Nombre: Parroquia de Santa Ana y la Sagrada Familia
También conocida como: Templo de Santa Ana
Dirección: Gabino Barreda No. 710 Pte., Zona Centro, C.P. 34000, Durango, Dgo., México
Teléfono: (618) 811 2629
Fiesta patronal: 26 de julio
Un testigo de la historia de Durango
Durante casi tres siglos, generaciones de duranguenses han pasado frente a Santa Ana. La ciudad creció a su alrededor, cambiaron gobiernos, llegaron guerras y revoluciones, desaparecieron antiguos barrios y surgieron nuevas calles.
El templo permaneció.
Y todavía hoy sus portadas barrocas, sus escudos, su torre y hasta las marcas de los proyectiles sobre la cantera nos recuerdan que la historia de Durango no solamente se encuentra en los libros: también está escrita en sus edificios.
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