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La Bruja de Durango: la leyenda que aún recorre las noches de la ciudad

Ilustración nocturna de La Bruja de Durango frente a una ciudad colonial iluminada por la luna

Ilustración original inspirada en la leyenda de La Bruja de Durango.

Hacia el siglo XVII, en la ciudad de Durango, se hablaba de una mujer de belleza notable y mirada inquietante. Vestía con elegancia, caminaba con seguridad y escondía un profundo rencor: nadie parecía creer en los poderes que decía poseer.

Cansada de las burlas, quiso demostrar que no era una mujer común. Se acercó a hombres de mayor edad y les prometió fuerza, protección e invulnerabilidad frente a sus enemigos. Algunos creyeron en ella y comenzaron a obedecerla.

Con el tiempo, la bruja ganó fama y poder en la antigua colonia de La Ciénega. Quienes se resistían a sus órdenes —en especial las mujeres que desconfiaban de ella y los hombres que no cedían a sus encantos— se convertían, según el relato, en blanco de sus travesuras.

Pero uno de sus aliados, vencido por el arrepentimiento, acudió ante las autoridades. La mujer fue detenida y condenada a morir.

Nadie sabía cómo acabar con ella

La leyenda cuenta que intentaron envenenarla, pero el veneno no surtió efecto. Después le dieron vidrio molido y, una vez más, salió ilesa. Entre risas, proclamaba que ningún castigo podía dañarla porque contaba con la protección de una fuerza oscura.

Las autoridades y un sacerdote tomaron entonces una decisión definitiva: la ahorcaron y quemaron su cuerpo. El clérigo roció agua bendita sobre las cenizas, y por fin la risa se apagó.

O eso fue lo que todos creyeron.

Una risa que permanece en Durango

Desde entonces, se dice que la bruja no encontró descanso. Hay quienes aseguran haber visto una figura femenina sobre las cornisas de antiguas casonas, en balcones cercanos a la Catedral o en los recintos del viejo Durango.

Otros dicen escuchar una carcajada lejana entre los árboles del Paseo Las Alamedas y la Plaza Baca Ortiz, especialmente cuando la noche cubre la ciudad.

Quizá sea sólo el viento. Quizá sea una historia que se niega a desaparecer. Pero todavía hay quien, al escuchar aquella risa en la oscuridad, se santigua… y cambia de calle.

Crédito editorial: Leyenda de tradición oral, versión de Manuel Lozoya Cigarroa. Adaptación editorial para lectura digital.

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